ADVIERTEN CON DESCALABRO AMBIENTAL Y SOCIAL EN BOLIVIA, SI SE EMULA A BRASIL
Especialista de LIDEMA cree que el agromodelo brasileño es inviable y cuestiona los planteamientos de la CAINCO y de los agroindustriales bolivianos
Marco Octavio Ribera Arismendi*
Plataformaenergetica.org (La Paz, 19/05/10).- Existe una marcada tendencia al momento de ponderar las supuestas bondades de los biocombustibles y la agroindustria, de utilizar con extrema facilidad, cifras globales y datos macroeconómicos, que logran enmascarar las realidades locales y panfletizar el éxito productivo de los modelos la soya-biodiesel y caña de azúcar-etanol. El efecto es inflar las cifras de los PIB nacionales. La aparente bonanza de estas cifras macroeconómicas, no permite apreciar los costos ambientales y sociales que se ocasionan en los niveles locales o microregionales.
Se recurre además, no solo a generalizar sin reparos, cifras, e incluso porcentajes, sino también espacios, como si el planeta fuera la superficie homogénea de una mesa sin continuidades ni diferencias, es decir, sin caer en cuenta en las particularidades y las condiciones limitantes que presenta cada zona o sector.
Existe por tanto el riesgo de recurrir a extrapolaciones arriesgadas, desconociendo las notables asimetrías entre países y regiones, asimetrías que tienen que ver con diferentes dimensiones territoriales, fragilidad ecológica intrazonal, realidades históricas y culturales, acceso a capital y tecnología, etc.
EL MODELO BRASILEÑO
Es lamentable que se trate de ensalzar a toda costa el modelo de desarrollo agroindustrial brasileño de los biocombustibles, denunciado por propios y extraños, como devastador y expoliativo, y que está lacerando la integridad ambiental y social de algunas de las regiones ecológicas más importantes de un precioso país (REPORTER BRASIL, 2008). Desde luego, el sugerir que dichos modelos devastativos deberían replicarse en otros territorios, va más allá y puede ser interpretado como de carácter casi invasivo o intrusivo, y como boliviano que ama su país, me opongo y manifiesto mi total desacuerdo. Estoy totalmente convencido de que millones de brasileros que sufren en carne propia y que denuncian a diario las tropelías de la agroindustria, estarían de acuerdo conmigo.
Se predica la eficiencia del sector agrícola moderno y eficiente, que podrá producir alimentos y bioenergía de manera sostenible. Pues bien, en una gran parte de Sudamérica, la primera propuesta, la de producir alimentos de manera sostenible, aún es un desafío pendiente a ser alcanzado, dado que el costo ambiental de los “modelos agrícolas modernos”, la resaca de la revolución verde, han teniendo y siguen teniendo elevados costos ambientales y sociales.
Si tanta confianza se tiene en la magia de la modernidad para expandir monocultivos para biocombustibles sin ocasionar alteraciones ecológicas y ambientales, sería importante primero, ver demostraciones de la eficiencia de la agricultura moderna en producir alimentos de forma sostenible, vale decir sin ocasionar los descalabros de la base de recursos que se perciben en diversas regiones, no solo de Sudamérica sino del mundo. Si ello se empezaría a demostrar, entonces tal vez, estemos preparados para ver la eficiencia en la producción de bioenergía.
Mientras tanto, son tan solo predicamentos basados en supuestos. La idílica figura de una convivencia armónica, entre monocultivos de commodities como la soya y diversos productos alimenticios, es al momento una figura mayormente hipotética en franca contradicción de lo que ocurre en diversas zonas agroindustriales como San Pedro, en Bolivia, Filadelfia en Paraguay, Formosa y el Chaco Argentino, San José en Uruguay, o Matogrosso do Sul. Esto no es nuevo y ya fue alertado por Honty el año 2007 (Honty/CLAES, 2007): Un efecto que se está comenzando a sentir es el impacto del mercado de los agro-combustibles en los precios de los alimentos y otros productos agrícolas. Esto está siendo influido, no sólo por la competencia por la cantidad de tierra dedicada al cultivo de uno u otro producto, sino por el impacto indirecto del aumento de los precios de la tierra, de los precios de los fertilizantes e insumos agropecuarios y del aumento de los precios internacionales de los mismos granos, que pueden tener usos alimentarios o energéticos, como el maíz, la soja o la caña de azúcar.
La agricultura e escala industrial y con cadenas productivas intensificadas, erosiona de forma muy sutil y progresiva, la seguridad alimentaria, especialmente de las poblaciones campesinas, proceso que obedece a la competencia de superficies de cultivo entre hortalizas y biocombustibles. El poder disuasivo del mercado, ocasiona que las pequeñas parcelas ocupadas originalmente por productos alimenticios, vayan siendo reemplazadas por los monocultivos, desde luego más competitivos monetariamente y por tanto más atractivos. Entonces, hay menos oferta local de alimentos y aumenta la importación desde otras regiones, puede ocasionar escasez, dependencia del comercio de los alimentos (fiesta para los comerciantes), se encarecen los precios de los alimentos y desde luego puede cambiar la calidad nutricional. Mucha gente tiene menor poder de acceso, parafraseando a Sen, dando como resultado, que no solo la seguridad alimentaria es afectada, si no también la autarquía y soberanía alimentaria de las regiones. El último estudio de Pérez,Schlesinger y Wise, (2010) es por demás explícito al mencionar, que “Las industrias de soya de Sur América son las innegables ganadoras de la liberalización del comercio global, pero muy poco de sus beneficios favorecen a las comunidades rurales. Al basarse en altas tecnologías, la agricultura industrializada del monocultivo ha generado una declinación del empleo y los salarios a pesar del crecimiento de su producción”.
CUESTIONAMIENTOS A LOS AGROINDUSTRIALES BOLIVIANOS
La argumentación de las corporaciones agroindustriales de Bolivia de que los pequeños productores campesinos, (los cuales en gran parte desarrollan sistemas de producción convencionales de tendencia cada vez más intensificada), pueden producir exitosamente biocombustibles (¿y alimentos al mismo tiempo?) tiene elevados riesgos para la seguridad y soberanía alimentaria, no solo de las regiones productoras sino de las propias familias, nuevamente replicamos que primero sería necesario demostrar la eficiencia y sostenibilidad de los sistemas de producción convencional, antes de empujar a los pequeños productores a la aventura de los biocombustuibles.
Shivaji Pandey, Director del Departamento de Producción y Protección Vegetal de la FAO, fue concluyente el año 2009, al referirse a la agricultura intensificada moderna: “En nombre de la intensificación, en muchas partes del mundo se ha arado, utilizado fertilizantes, regado y aplicado pesticidas en exceso, Pero al hacerlo así también se ha afectado en todos sus aspectos al suelo, el agua, la tierra, la biodiversidad y los servicios que proporciona un ecosistema intacto. Así se inició un declive el crecimiento de los rendimientos. Uno de los motivos del descenso de las tasas de crecimiento de la productividad estriba en la excesiva dependencia de los productores en un aumento de los niveles de insumos para aumentar la producción, ya que ello daña al suelo y los ecosistemas y hace descender el rendimiento”.
Las cadenas productivas de la agricultura moderna, pueden parecer muy pujantes, y favorecer las cifras macroeconómicas, que tanto entusiasman a los neo-desarrollistas, lo que no se dice, es que estas cadenas favorecen mayoritariamente a los productores grandes y medianos, a los intermediarios, a los comerciantes de semillas y agroquímicos, pero muy poco a los pequeños productores. Este lacerante costo social y ambiental, no entra en las deducciones de las cuentas nacionales o del PIB. La competitividad de las cadenas productivas, tan halagadas por ciertas escuelas del desarrollo rural, llega a representar una de las peores caras del “darwinismo social”, condenando a miles de productores pequeños a la marginalidad de los “beneficios migajas” y de las estadísticas.
También se argumenta que la producción de los biocombustibles pueden recurrir a zonas degradadas, las cuales recuperar o “restaura”, este es otro supuesto que de ser cierto podría tener su mérito. Hasta el momento y precisamente en el Brasil, gracias a esta lógica, se ha dado lugar al “domino perverso”, donde la agroindustria soyera adquiere tierras degradadas, acondiciona su fertilidad con insumos de agroquímicos y las torna productivas para la soya. Meritorio efecto, si no supondría el hecho de que los antiguos propietarios ganaderos, trasladan sus hatos a nuevas zonas boscosas que son reemplazadas por pasturas, iniciando una cadena de degradación ecológica que ha puesto en la picota a las selvas de la amazonía. Los predicamentos simplistas tienen en general, penosos trasfondos ecológicos.
Bolivia no es Brasil, para empezar, tiene casi diez veces menos de superficie, por tanto la expansión de cultivos para biocombustibles sobre “millones de hectáreas disponibles”, pueden tener efectos desastrosos al mediano y largo plazo. De cualquier forma y a pesar del tamaño colosal de nuestro vecino, llama la atención que existan comentarios diversos en la WEB que proclaman un “Brasil con espacio de sobra para expandir su agricultura industrial”. A pesar de que esto podría sonar a verdad, considerando la colosal superficie, miles de brasileros conscientes no están de acuerdo con esas aseveraciones simplistas y denuncian por diversos medios, la tremenda devastación de los ecosistemas del Cerrado, la Amazonía y los remanentes de la Mata Atlántica.
Sin duda, Bolivia puede enorgullecerse de sus diversas formas de agricultura tradicional, fundamentada en la pervivencia de valores culturales ancestrales como el respeto a la tierra, prácticas de bajo costo ambiental o la conservación de su rica agrobiodiversidad, donde no prima la competitividad, sino la solidaridad y la reciprocidad, algo que desde luego también queremos compartir, especialmente en épocas históricas acuciantes, donde la demencial ansiedad de producir y acumular capitales del agrobussines, están agobiando al planeta hasta más allá de sus límites.
*Coordinador Programa de Investigación y Monitoreo Ambiental-LIDEMA
Fuentes:
HONTY,G. 2007. Conferencia presentada en el seminario "Agrocombustibles: oportunidades y amenazas", organizado por el Viceministerio de Biodiversidad, Recursos Forestales y Medio Ambiente, las Comisiones de Desarrollo Sostenible de la Cámara de Senadores y de Diputados, el Proyecto Aire Limpio y la Liga de Defensa del Medio Ambiente.
PÉREZ,M.,SCHLESINGER,S.,WISE,T. Comp. (2010). Promesas y Peligros de la Liberalización del Comercio Agrícola: Lecciones desde América. Con el Grupo de Desarrollo y Medio Ambiente en las Américas. AIPE/GDEA. 171 p
REPORTER BRASIL. 2008. El Brasil de los Agrocombustibles: Impactos de los Cultivos sobre la Tierra, el Medio Ambiente y la Sociedad. Centro de Monitoreo de Agrocombustibles / Solidaridad, Fundación Doen, Cordaid.
SHIVAJI PANDEY. 2009. Conferencia internacional sobre Producción y Protección Vegetal. FAO.
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Comentarios
Comentario
Estimado Sr. Ribera,
No cree usted que el panorama cambia cuando, en lugar de utilizar alimentos como insumo para la producción de biocombustibles, se utilizan otras formas de biomasa, por ejemplo desechos agrícolas?
Atte.
Miguel Rodríguez T
miguelrodrigueztejerina@gmail.com
Estimado amigo Rodriguez
Por supuesto que la cosa cambia, usar fuentes de bionergía que no comprometen la biodiversidad, los medios de vida locales, los servicios ambientales, es óptimo. Por ejemplo, le comento que hay una iniciativa en Sao Paulo para colectar todos los aceites utilizados (hogares, restaurants, etc), depurarlos y usarlos como fuel, en vez que vayan a parar a los desagues.
Como imaginará, en una ciudad de más de 10 millones de personas, eso es prometedor, aunque tampoco fácil. Otra iniciativa interesante, aunque en fase experimental, es producir biocombustibles a partir de algas, en condiciones controladas de grandes predios, lo cual requiere tecnología y está en fase experimental. Los resultados son asombrosos, con una capacidad productiva muy superior a la soya o la caña. Además sin tumbar un solo árbol, ni desplazar campos lecheros o de hortalizas. En algunos casos hay experiencias piloto de producir biocombustibles a partir de los pastos duros de campos degradados (celulosa) e incluso de restos de madera (celulosa-lignina), aunque los rendimientos no son altos y aún están en fase de prueba. En esta lógica entran los desechos o rastrojos agrícolas (que en el Brasil y en Santa Cruz ya convierten estos desechos en energía eléctrica-luz).
Nosotros no nos oponemos por hacerlo, si hay tecnologías amigables con la tierra, los recursos y la gente local, apoyamos desde luego.
Lo felicito por su inquietud y expectativa
Atte. Marco Octavio Ribera